—Está bien, hijo —respondió con calma—. Entonces volveré a la ciudad.
Colgó el teléfono.
Y por primera vez en años, no sintió culpa.
Llamó inmediatamente a Rosa y a Don Julián.
Los tres se sentaron en la galería mientras el sol caía detrás de las montañas.
Cuando Elena les contó su idea, primero se quedaron en silencio.
Después empezaron a reír.
Y finalmente aceptaron ayudarla.
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