Elena sintió que el pecho se le tensaba.
—Martín, la finca no está preparada para tanta gente. No tengo habitaciones suficientes ni comida para todos.
Y entonces llegó la frase que cambió todo.
—Mamá, vamos igual. Si no te gusta, puedes volver a la ciudad.
Silencio.
Elena se quedó inmóvil mirando el jardín.
No fue solamente la falta de respeto. Fue la naturalidad con la que su hijo hablaba de su casa, de su espacio y de su vida como si todo le perteneciera.
Como si ella fuera un mueble más.
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