Las primeras semanas fueron extrañas.
Elena seguía despertándose a las cinco de la mañana por costumbre, aunque ya no hubiera reuniones ni empleados esperándola.
Poco a poco comenzó a adaptarse.
Aprendió a hacer pan casero junto a Rosa, la mujer que la ayudaba en la casa. Don Julián, el capataz de la finca, le enseñó a montar a caballo. También descubrió una pequeña cascada escondida entre los árboles, un lugar tan tranquilo que ella misma lo bautizó como “La Cascada del Silencio”.
Allí entendió algo importante: había vivido toda su vida sobreviviendo, pero nunca había aprendido a vivir para sí misma.
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