Cuando finalmente llegaron a la casa de Elena, estaban exhaustos.
Golpearon la puerta.
Durante unos segundos no hubo respuesta.
Luego la puerta se abrió lentamente.
Elena apareció envuelta en un abrigo grueso.
Los miró en silencio.
El viento rugía detrás de ellos.
Nadie sabía muy bien qué decir.
Hasta que Carmen habló.
—Elena… necesitamos ayuda.
Por un momento, Elena recordó cada risa.
Cada comentario en el bar.
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