“Nadie creía en la choza de la viuda, escondida en lo profundo de la cueva… hasta que una tormenta que duró cinco días dejó a toda la ciudad sumida en el hielo.”

“Nadie creía en la choza de la viuda, escondida en lo profundo de la cueva… hasta que una tormenta que duró cinco días dejó a toda la ciudad sumida en el hielo.”

—Esto no es normal —murmuró él mientras miraba por la ventana cubierta de nieve.

Nadie respondió.

Porque todos estaban pensando lo mismo.

La tormenta no se parecía a nada que hubieran visto antes.

En su casa al borde del pueblo, Elena estaba preparada.

Desde la mañana había bajado varias cajas al refugio.

Encendió la pequeña estufa de hierro. El interior del refugio se llenó de un calor seco y agradable.

Las paredes de madera crujían suavemente, pero se sentían firmes.

El cuaderno de Mateo estaba abierto sobre la mesa.

Cada detalle que él había dibujado estaba allí ahora: los estantes, la ventilación, el depósito de agua.

Elena pasó la mano por una de las vigas.

—Tenías razón —susurró.

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