El viento empezó como un silbido bajo entre los árboles del bosque.
Al principio nadie en Valdemora se alarmó demasiado. El invierno siempre traía viento desde las montañas. Pero esa noche el sonido era distinto. Más profundo. Más constante.
A medianoche las ráfagas golpeaban las paredes de las casas como si alguien estuviera sacudiéndolas.
Las ventanas vibraban.
La radio local emitía advertencias cada hora.
—Tormenta polar extrema —decía el locutor con una voz tensa—. Se recomienda permanecer en casa y evitar cualquier desplazamiento.
Pero ya era tarde para muchas cosas.
Al amanecer, el pueblo parecía otro lugar.
La nieve caía en diagonal, arrastrada por un viento brutal que levantaba remolinos blancos en las calles. La carretera principal que conectaba Valdemora con la ciudad ya estaba bloqueada por árboles caídos.
La electricidad se fue poco después del mediodía.
Primero en algunas casas.
Luego en todo el pueblo.
Las chimeneas comenzaron a encenderse una tras otra. Pero el problema no era solo el frío. Era el viento. Cada hora soplaba con más fuerza.
En la tienda de Don Ramiro, las persianas metálicas golpeaban contra el marco.
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