La verdad era que Elena no estaba loca. Mateo, su esposo, había sido guardabosques durante veinte años. Conocía las montañas mejor que nadie. Antes de morir, había pasado meses preocupado por algo.
—Los inviernos están cambiando —le había dicho una noche mientras miraban la nieve caer por la ventana—. Las tormentas vienen más fuertes cada año. Si llega una grande de verdad, este pueblo no está preparado.
Elena había pensado que exageraba. Pero Mateo insistía.
—Algún día deberíamos construir un refugio bajo tierra. Solo por si acaso.
Nunca tuvieron tiempo.
Después de su muerte, Elena encontró en el taller de Mateo un cuaderno lleno de dibujos y planes. Había esquemas de un refugio subterráneo: ventilación, estanterías, depósitos de agua, incluso una pequeña estufa.
Durante mucho tiempo Elena guardó ese cuaderno sin tocarlo. Hasta que, un día de verano, una tormenta inesperada azotó la montaña con una fuerza brutal. Árboles caídos, caminos bloqueados, electricidad cortada durante dos días.
Aquella noche Elena abrió el cuaderno.
Y decidió terminar lo que Mateo había empezado.
Por eso trabajaba todos los días. Cavó casi dos metros bajo tierra. Reforzó las paredes con madera gruesa. Instaló un pequeño tubo de ventilación que sobresalía entre unos arbustos para que nadie lo notara. Dentro colocó estanterías con conservas, agua, mantas, velas y una vieja estufa de hierro.
No era un búnker militar. Era simplemente un refugio.
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