—Dice mi hijo que está construyendo un búnker —añadió Carmen, la panadera, riéndose.
—¿Un refugio? ¿Para qué? Aquí nunca pasa nada —respondía la gente entre risas.
Pero Elena no prestaba atención. Cada mañana, antes de que el sol saliera por completo, salía con una pala, tablas de madera y herramientas viejas que habían sido de Mateo. Trabajaba durante horas. A veces un vecino curioso se acercaba a mirar desde la cerca.
Lo que veían era extraño.
Había cavado una entrada inclinada hacia la tierra, reforzada con vigas gruesas. Después empezó a cubrir el techo con tierra y piedras. Poco a poco, aquello comenzó a parecerse a una pequeña puerta enterrada en el suelo, casi invisible desde lejos.
—Te digo que perdió la cabeza —murmuraban en el bar del pueblo.
Pero nadie se atrevía a preguntarle directamente.
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