Pronto el refugio estaba lleno.
Pero nadie se quejaba.
Porque afuera el viento seguía destruyendo cosas.
Dentro, al menos, estaban a salvo.
Una noche, mientras todos dormían, Don Ramiro se acercó a Elena.
—Mateo sabía lo que hacía, ¿verdad?
Elena miró la llama de la estufa.
—Siempre decía que la montaña habla.
—¿Y qué decía esta vez?
—Que algo grande venía.
La tormenta finalmente terminó al quinto día.
Cuando abrieron la puerta del refugio, el mundo estaba cubierto de nieve.
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