Casi seis meses después, alguien tocó mi puerta.
Era Claudia.
Pero ya no era la misma.
Se veía más madura, más cansada… diferente.
—¿Puedo pasar?
Nos sentamos en silencio. Y entonces, empezó a llorar.
—Mamá… fui injusta contigo.
La escuché.
—Pensé que siempre ibas a estar ahí para resolver todo… nunca pensé que tú también podrías necesitarme.
Leave a Comment