—Raúl —susurró Marisol, sintiendo cómo el sudor frío le empapaba el cuello—. Por favor, llévame a urgencias.
Su esposo, Raúl, apareció en el umbral de la puerta con su celular en la mano. Vestía su impecable camisa blanca y pantalón de oficina. En su rostro llevaba esa misma expresión de fastidio que usaba cada vez que ella necesitaba algo. Durante 3 largos años, Marisol había visto cómo ese hombre cariñoso se transformaba en el juez de su vida. Esa noche, la última máscara cayó al suelo.
—¿Ahora qué hiciste para provocarla? —preguntó él, con voz gélida.
—Tu mamá me acaba de romper la pierna a golpes.
Raúl bajó la mirada hacia el piso manchado de sangre y salsa. No hubo pánico en sus ojos. No corrió a socorrerla. Solo frunció los labios con irritación.
—Siempre tienes que exagerar todo.
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