—Para que aprendas a no corregirme jamás delante de mi muchacho —escupió la mujer mayor.
El único “delito” de Marisol había sido mencionar, en voz muy baja, que el caldo de res estaba demasiado salado y que don Víctor, su suegro, no debía comer con tanta sal debido a su hipertensión. En cualquier hogar normal de México, eso habría sido interpretado como 1 gesto de amor. En la casa de la familia Montes, fue 1 declaración de guerra absoluta.
Don Víctor estaba de pie junto al inmenso refrigerador de acero inoxidable, con los brazos rígidamente cruzados. Ni siquiera miraba a Marisol a la cara. Su vista estaba clavada en la pierna de su nuera, doblada en 1 ángulo antinatural e imposible, y aun así, el patriarca no movió 1 solo músculo para detener la masacre.
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