Sebastián tragó saliva. El sudor frío comenzó a perlar su frente.
—¿Qué es esto? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Traen a la policía judicial al sepelio de mi mujer? ¡Esto es acoso!
—No los traje para el sepelio, Sebastián —dijo Elena, cruzando los brazos—. Los traje por el homicidio.
La palabra “homicidio” cayó como 1 bomba en medio de la congregación. Varias mujeres gritaron. El sacerdote, que se había mantenido al margen, se aferró a su estola.
El abogado Méndez metió la mano en su maletín y extrajo 1 pequeña memoria USB de color negro. La levantó para que todos la vieran.
—La señora Lucía dejó 1 instrucción final y contundente en sus cláusulas —explicó el abogado—. “Si el día de mi funeral, mi esposo Sebastián Santillán tiene el descaro de presentarse acompañado de Mariana Lagos, el abogado deberá entregar esta memoria a las autoridades y reproducir la pista de audio 1 frente a todos los presentes”.
Sebastián perdió absolutamente todo el color. Su rostro era una máscara de terror puro.
—¡No! —gritó, lanzándose hacia el abogado—. ¡Te ofrezco 50 millones, Arturo! ¡No lo pongas!
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