Mariana dejó de respirar por 1 segundo. El miedo real asomó a sus ojos.
—¿Creíste que borrar tus mensajes a las 3 de la mañana iba a funcionar? —continuó Elena, elevando la voz para que resonara en cada rincón del templo—. ¿Creíste que esconderle el pasaporte, desconectarle el internet y cambiarle el código de seguridad de su propia casa iba a quebrar su espíritu por completo? Mientras ustedes subían fotos desde Valle de Bravo celebrando su aniversario clandestino, mi hija contrataba a técnicos para desencriptar el servidor de la casa.
Sebastián miró a todas partes, buscando 1 salida o a sus guardaespaldas, pero los pasillos estaban bloqueados por la multitud que escuchaba fascinada y horrorizada.
—¡Sáquenla de aquí! —ordenó Sebastián a 2 de sus empleados de seguridad que aguardaban cerca de la puerta—. ¡Está delirando!
Los guardaespaldas intentaron avanzar, pero antes de que pudieran dar 3 pasos, 4 hombres vestidos de civil con radios en la cintura se interpusieron. Uno de ellos, un hombre alto con rostro severo, sacó 1 placa dorada.
—Comandante Raúl Morales, de la Agencia Estatal de Investigaciones —se identificó el hombre, con voz potente—. Nadie se mueve de esta iglesia.
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