“¿Tu esposa?”
“Sí. Elena Salazar. Mi esposa desde hace 12 años”, sentenció Roberto, inflando el pecho.
Para Elena, escuchar su nombre en la boca de Roberto siempre había sido sinónimo de órdenes y regaños: “Elena, ¿dónde está mi traje?”, “Elena, no me avergüences”. Sin embargo, en la voz de Arturo, su nombre había sonado como el hogar al que alguien por fin había regresado.
Roberto se inclinó hacia el oído de Elena, apretando los dientes. “Dile a este señor que se equivocó de persona. No me hagas hacer el ridículo frente a toda la empresa.”
Por primera vez en 12 años, Elena no bajó la mirada. Levantó la barbilla y su voz resonó clara en medio del silencio del salón.
“Yo lo conozco, Roberto. Lo conocí mucho antes que a ti. Antes de tu ascenso, antes de tu dinero y antes de tus mentiras.”
Un murmullo colectivo estalló entre los 300 invitados. Valeria, la asistente, intentó retroceder sigilosamente hacia la salida, pero una mujer imponente vestida con un traje negro —la abogada principal de Arturo— le bloqueó el paso con una simple mirada.
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