“¿Arturo?”
La voz de Elena apenas fue un hilo de aire. No reconoció al instante el traje costoso ni las canas, pero reconoció esa mirada. Eran los mismos ojos del muchacho de 18 años que, una tarde de tormenta en la central de autobuses de Guadalajara, le había jurado que regresaría por ella. En aquel entonces no era Arturo Montenegro, el dueño de constructoras y medios de comunicación; era solo Arturo, un joven con las manos agrietadas por trabajar en la obra y una fe inquebrantable en el futuro.
Roberto, rojo de furia y desconcierto, rompió el encanto metiéndose bruscamente entre los 2.
“Discúlpeme, señor Montenegro, pero creo que hay una confusión. Ella es mi esposa.”
Arturo giró la cabeza despacio. Lo miró como si fuera un insecto.
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