—Con Santiago Garza —susurró Camila.
El nombre fue un golpe en el estómago. La familia Garza era una de las más oscuras del país. Empresarios corruptos, envueltos en lavado de dinero, despojo de tierras y nexos que el gobierno prefería ignorar. Arturo había rechazado asociarse con ellos hacía 6 meses, ganándose su enemistad.
—¿Qué está pasando allá abajo, Rosa? —exigió Arturo.
Rosa sacó un celular desgastado de su mandil.
—La señora Elena está en bancarrota, Don Arturo. Encontré papeles en la basura de su despacho. Perdió millones en inversiones falsas y le debe dinero a la familia Garza. Mucho dinero. Le iban a embargar todo a sus espaldas. El acuerdo que hizo fue cederles el control de las acciones de la niña a través de ese matrimonio falso y transferir el fideicomiso alegando que Camila no está en sus cabales. Van a anunciar el compromiso en 10 minutos.
El rompecabezas se armó en la mente de Arturo con una claridad repulsiva. Su esposa no solo lo había engañado; había vendido a su propia hija para salvarse de la ruina y de las amenazas de los Garza. El “retiro” en Valle de Bravo era el plan de contingencia: si Camila no firmaba, la declararían mentalmente incompetente y Elena tomaría el control legal de su patrimonio.
Su riqueza, por primera vez, le pareció a Arturo la peor maldición del mundo.
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