Hoy me van a mandar a un lugar en Valle de Bravo. Mamá dice que es un retiro para ‘corregir a señoritas problemáticas’, pero sé que es una clínica donde medican a la fuerza. Me dijo que la única forma de no ir es firmando unos documentos esta noche frente a todos. Te quiero, papá. Siento no haber sido la hija perfecta.”
Arturo dejó de leer. El aire en la habitación se volvió denso.
—¿Qué documentos te quiere obligar a firmar? —preguntó, con una calma espeluznante.
Camila se abrazó a sí misma.
—Los de mi fideicomiso, papá. Y… un contrato prenupcial.
El silencio que siguió fue absoluto. Arturo conocía perfectamente ese fideicomiso. Su propio padre, el abuelo de Camila, lo había creado al nacer ella. Contenía el 40 por ciento de las acciones del imperio inmobiliario familiar, terrenos en la Riviera Maya y cuentas intocables hasta que ella cumpliera 21 años. Nadie, ni siquiera Arturo, podía mover un centavo sin autorización de un juez.
—¿Prenupcial? Tienes 16 años —dijo Arturo, apenas reconociendo su propia voz—. ¿Con quién?
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