Esa advertencia le atravesó el alma. Arturo la separó con delicadeza para mirarla a los ojos, y al hacerlo, la manga del suéter de Camila se deslizó hacia arriba. Su muñeca derecha estaba cubierta de marcas púrpuras y rojas. No eran golpes accidentales; eran las huellas claras de unos dedos que la habían sujetado con violencia.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó Arturo, sintiendo que la mandíbula se le trababa por la furia.
Camila bajó la mirada, temblando. Fue Rosa, desde el umbral, quien respondió.
—La señora Elena y los hombres de seguridad que contrató esta semana.
Arturo sintió que una oscuridad absoluta se apoderaba de su mente. Soltó suavemente a su hija y caminó hacia la cama para tomar el sobre. Lo abrió con manos firmes, a pesar de que por dentro su mundo colapsaba. La letra de Camila, temblorosa y manchada por lágrimas secas, decía:
“Papá, perdón por huir. Intenté llamarte 5 veces, pero mamá me quitó el celular. Me dijo que nunca me ibas a creer, que estás demasiado ocupado en tus negocios para lidiar con una niña inestable. Mamá dice que si hablo, le dirá a la prensa que estoy perdiendo la razón y que invento historias para llamar tu atención. Por favor, no despidas a Rosa. Ella es la única que me trajo comida a escondidas cuando mamá ordenó que me encerraran en este cuarto durante 3 días.
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