Arturo no esperó un segundo más. Empujó la puerta por completo.
—Camila.
Su hija levantó la cabeza de golpe. Sus ojos, enrojecidos y hundidos, se abrieron de par en par. Por 3 segundos se quedó inmóvil, como si estuviera viendo el fantasma del padre que tanto necesitaba. Luego, un terror instintivo la hizo retroceder, chocando contra las maletas.
—¿Papá?
—Soy yo, mi amor.
Camila no caminó; se lanzó hacia él. Se aferró a su cuello con una fuerza que le cortó la respiración a Arturo, sollozando con la desesperación de alguien que ha estado aguantando la respiración bajo el agua durante demasiado tiempo. No era el abrazo de una hija feliz, era el agarre de una prisionera en su último intento de rescate.
—Pensé que estabas en Monterrey —lloró contra su hombro.
—Volví antes.
—No debías volver, papá. Te van a hacer daño.
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