—Mi hija… —apenas pudo articular—. ¿Por qué está empacando, Rosa? ¿Adónde va?
Rosa tragó saliva, aterrorizada de sus propias palabras.
—Porque esta noche se la van a llevar, señor. La van a desaparecer.
—¿Quiénes? —preguntó Arturo, sintiendo una furia primitiva nacer en su pecho.
Desde el piso de abajo, la risa de Elena resonó, aguda, perfecta y cargada de una crueldad que él nunca había querido ver.
—Su esposa, Don Arturo —respondió Rosa en un susurro—. La señora Elena.
Arturo miró a su hija nuevamente. La joven tomó la carta de la cama y se la apretó contra el pecho, como si fuera su único escudo en el mundo. En ese instante, Arturo comprendió la magnitud de su error. No había vuelto para dar una sorpresa romántica; había regresado minutos antes de perder a su única hija para siempre. No podía creer la pesadilla que estaba a punto de desatarse en su propia casa…
PARTE 2
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