“Si su esposa lo escucha, la niña no sale viva…” El millonario volvió en secreto y lo que la empleada le rogó ver en el cuarto de su hija paralizó a todo México.

“Si su esposa lo escucha, la niña no sale viva…” El millonario volvió en secreto y lo que la empleada le rogó ver en el cuarto de su hija paralizó a todo México.

Pero la mujer de 60 años no sonrió. Su rostro palideció, corrió hacia él con una agilidad desesperada y lo empujó hacia la alacena, tapándole la boca con sus manos temblorosas.

—Por lo que más quiera, Don Arturo, no haga ruido —suplicó Rosa, con lágrimas brotando de sus ojos cansados—. Si la señora Elena lo escucha, la niña no sale viva de esta casa.

La sangre de Arturo se transformó en hielo.

Rosa lo guio por las oscuras escaleras de servicio, lejos del lujo, de la música clásica y de los perfumes importados que inundaban el primer piso. El segundo nivel estaba sumido en un silencio sepulcral, un contraste aterrador con la celebración de abajo. Se detuvieron frente a la habitación de Camila. La puerta estaba entreabierta apenas 2 centímetros.

—No entre de golpe, señor —advirtió Rosa, con la voz rota—. Solo mire.

Arturo empujó la madera ligeramente. Lo que vio hizo que el mundo entero se le derrumbara encima.

Camila, de solo 16 años, estaba sentada en el suelo del clóset, abrazando sus rodillas. Lloraba en un silencio desgarrador, ahogando sus sollozos contra sus propios brazos. A su alrededor había 2 maletas negras abiertas, ropa amontonada con desesperación, su pasaporte, y un fajo de billetes. Llevaba puesto un suéter grueso de cuello alto, a pesar del calor sofocante de la ciudad. Sobre la cama de sábanas de seda, descansaba un sobre con el nombre de Arturo escrito a mano.

Las rosas blancas cayeron de las manos de Arturo, esparciendo sus pétalos en la alfombra.

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