Había música. No cualquier música, sino un cuarteto de cuerdas tocando en vivo. Una fila de 8 camionetas blindadas bloqueaba la entrada principal, y los valet parking corrían de un lado a otro. Se escuchaban risas estridentes, el tintineo de copas de cristal y el murmullo inconfundible de la alta sociedad mexicana. Una fiesta. Una gala de la que él no tenía idea, celebrada exactamente cuando todos lo creían a 900 kilómetros de distancia.
Arturo caminó por el callejón lateral, empujó la pesada puerta de madera de la entrada de servicio y entró a la cocina. El contraste fue brutal. El calor de los hornos, el olor a trufa y a chiles secos, y el caos de los meseros de guantes blancos preparando charolas. En medio de todo, Doña Rosa, el ama de llaves que había criado a Camila desde que era una bebé, se quedó petrificada al verlo. La charola de plata que sostenía se le resbaló de las manos. El impacto contra el piso de mármol quedó ahogado por el ruido de la cocina.
—Rosa, soy yo —susurró Arturo, dando un paso al frente.
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