—Entonces, también empiezo yo.
Bajó por la imponente escalera principal de mármol. El salón era un espectáculo de hipocresía descarada. Había al menos 80 invitados. Elena brillaba en el centro del salón, envuelta en un vestido de diseñador rojo sangre, levantando una copa de champaña junto al patriarca de los Garza y su hijo Santiago, un joven de 25 años con sonrisa cínica. Sobre una mesa de caoba, un notario corrupto acomodaba una pila de documentos.
Cuando Arturo pisó el último escalón, uno de los meseros dejó caer una bandeja. La música se detuvo abruptamente.
Elena giró el rostro. La sonrisa ensayada se desmoronó por completo. El color abandonó su rostro.
—Arturo… —balbuceó, retrocediendo un paso.
Él avanzó lentamente, sus pasos resonando en el salón enmudecido.
—Veo que organizaste una fiesta para celebrar mi ausencia, Elena. Lástima que los vuelos se pueden adelantar.
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