El silencio que siguió fue absoluto. Arturo conocía perfectamente ese fideicomiso. Su propio padre, el abuelo de Camila, lo había creado al nacer ella. Contenía el 40 por ciento de las acciones del imperio inmobiliario familiar, terrenos en la Riviera Maya y cuentas intocables hasta que ella cumpliera 21 años. Nadie, ni siquiera Arturo, podía mover un centavo sin autorización de un juez.
—¿Prenupcial? Tienes 16 años —dijo Arturo, apenas reconociendo su propia voz—. ¿Con quién?
—Con Santiago Garza —susurró Camila.
El nombre fue un golpe en el estómago. La familia Garza era una de las más oscuras del país. Empresarios corruptos, envueltos en lavado de dinero, despojo de tierras y nexos que el gobierno prefería ignorar. Arturo había rechazado asociarse con ellos hacía 6 meses, ganándose su enemistad.
—¿Qué está pasando allá abajo, Rosa? —exigió Arturo.
Rosa sacó un celular desgastado de su mandil.
—La señora Elena está en bancarrota, Don Arturo. Encontré papeles en la basura de su despacho. Perdió millones en inversiones falsas y le debe dinero a la familia Garza. Mucho dinero. Le iban a embargar todo a sus espaldas. El acuerdo que hizo fue cederles el control de las acciones de la niña a través de ese matrimonio falso y transferir el fideicomiso alegando que Camila no está en sus cabales. Van a anunciar el compromiso en 10 minutos.
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