El rompecabezas se armó en la mente de Arturo con una claridad repulsiva. Su esposa no solo lo había engañado; había vendido a su propia hija para salvarse de la ruina y de las amenazas de los Garza. El “retiro” en Valle de Bravo era el plan de contingencia: si Camila no firmaba, la declararían mentalmente incompetente y Elena tomaría el control legal de su patrimonio.
Su riqueza, por primera vez, le pareció a Arturo la peor maldición del mundo.
Sacó su teléfono. No llamó a los escoltas de la casa, pues ya no sabía de quién eran leales. Marcó 2 números. El primero fue al comandante de la policía ministerial, un viejo amigo de la familia. El segundo fue a la Licenciada Montes, la abogada penalista más temida de la ciudad.
—Montes, te necesito en mi casa de Lomas. Ahora. Trae todo tu equipo, la fuerza pública si es necesario. Mi esposa está cometiendo fraude, secuestro y extorsión contra mi hija. Que nadie salga de la propiedad.
Colgó. Se arrodilló frente a Camila, tomó su rostro entre las manos y le limpió las lágrimas con los pulgares.
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