“Papá, perdón por huir. Intenté llamarte 5 veces, pero mamá me quitó el celular. Me dijo que nunca me ibas a creer, que estás demasiado ocupado en tus negocios para lidiar con una niña inestable. Mamá dice que si hablo, le dirá a la prensa que estoy perdiendo la razón y que invento historias para llamar tu atención. Por favor, no despidas a Rosa. Ella es la única que me trajo comida a escondidas cuando mamá ordenó que me encerraran en este cuarto durante 3 días.
Hoy me van a mandar a un lugar en Valle de Bravo. Mamá dice que es un retiro para ‘corregir a señoritas problemáticas’, pero sé que es una clínica donde medican a la fuerza. Me dijo que la única forma de no ir es firmando unos documentos esta noche frente a todos. Te quiero, papá. Siento no haber sido la hija perfecta.”
Arturo dejó de leer. El aire en la habitación se volvió denso.
—¿Qué documentos te quiere obligar a firmar? —preguntó, con una calma espeluznante.
Camila se abrazó a sí misma.
—Los de mi fideicomiso, papá. Y… un contrato prenupcial.
Leave a Comment