A las 12 del mediodía, el rugido de 1 camioneta alteró la paz de la calle. Don Eladio en persona, acompañado del capataz y de su abogado, se bajó golpeando la puerta. Venía furioso por la humillación en la ladrillera.
—¡Sal de ahí, escuincle insolente! —gritó Eladio, escupiendo en el patio—. Te crees muy machito por pagar con un cheque de hule, pero esta casa y esa vieja me pertenecen por contrato. ¡Vengo a embargar!
Samuel salió al porche. Detrás de él, paso a paso, salió Elena. Llevaba 1 vestido limpio, el cabello peinado y, por primera vez en 6 años, llevaba la cabeza en alto.
—El único que va a perder todo hoy es usted, Eladio —dijo Samuel con una voz tan potente que los vecinos empezaron a asomarse por las bardas.
El cacique se rió a carcajadas. —¿Tú me vas a quitar algo a mí? Soy el dueño de este pueblo.
Damián, el abogado, dio un paso al frente abriendo 1 carpeta negra.
—Ya no. Hemos presentado 1 denuncia federal a las 8 de la mañana. Tenemos las pruebas de que usted usurpó el seguro de vida del padre de Samuel por 2000000 de pesos. Tenemos los documentos periciales que demuestran la falsificación de firmas. Además, la Fiscalía Especializada en Trata de Personas acaba de asegurar sus 4 ladrilleras por explotación laboral severa, evasión fiscal y usura criminal.
La sonrisa de Don Eladio se desdibujó de golpe. Su abogado retrocedió 2 pasos, sudando frío.
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