Esa misma tarde tocaron el timbre. Pensé que era otro familiar dando el pésame.
Pero era Maristela. Y no venía sola.
Entró con traje negro impecable, maquillaje perfecto y el corazón apagado. Tras ella: su abogado, Octavio Luján Arce, y Camilo, su hermano, callado, con la mirada baja.
“Lamento lo ocurrido, mamá. Pero tenemos asuntos urgentes.”
Asuntos urgentes. Mi hijo aún no había sido enterrado, y ellos ya estaban hablando de dinero.
Entonces soltó la frase que me atravesó como un cuchillo:
“Los 15 millones que Leónidas le transfirió pertenecen al fondo fiduciario de Tomás. No son suyos.”
No discutían el duelo. Discutían el botín.
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