Al día siguiente llegaron sus padres: doña Elvira y don Severino. Entraron con sonrisas falsamente dulces y una cesta de frutas, como si la apariencia pudiera ocultar la amenaza.
Me hablaron con condescendencia:
“Jimena, ¿para qué necesitas tanto dinero a tu edad?”
Y luego vino la presión directa:
“Si no cooperas, tendremos que recurrir a la ley… ya sabes, esas cosas pueden ser complicadas a tu edad.”
Ahí entendí algo con una claridad dolorosa: no querían ayudar a Tomás. Querían controlar el dinero. Y me querían a mí en silencio, asustada, dócil.
Pero por primera vez en mucho tiempo, no bajé la mirada.
“No discutiré dinero mientras mi hijo aún no descansa. Retírense.”
Se fueron sin despedirse. Dejaron detrás una guerra.
Leave a Comment