Un domingo llegaron Tomás y Maristela. Tomás corrió hacia mí, como siempre, pidiéndome flan, contando historias de fútbol, recordándome que los niños merecen seguir siendo niños.
Maristela ya no tenía arrogancia. Solo una aceptación silenciosa.
“Gracias por no llevar esto más lejos”, susurró.
Yo la miré con calma.
“Hago todo por Tomás. Y por Leónidas. No lo olvides.”
Cuando se fueron, recordé una frase de mi madre:
“Puedes perder dinero, pero nunca pierdas tu voz.”
Yo había perdido a mi hijo. Pero no perdí mi dignidad. Y eso, en medio de tanto dolor, fue lo único que me permitió seguir de pie.
Leave a Comment