Arturo dejó caer la pluma, luciendo 10 años más viejo.
—Chelo, no lo entiendes. Anoche casi se fractura el brazo de nuevo. Está alucinando, dice que hay cosas imaginarias mordiéndolo. La psiquiatra dice que es 1 brote psicótico por estrés.
—¡No son alucinaciones! —gritó la nana, perdiendo el respeto por primera vez en 1 década—. ¡Ayer vi 1 hormiga meterse en el yeso!
Miranda soltó 1 suspiro largo, cargado de falsa paciencia y condescendencia.
—Por Dios, Chelo. 1 simple hormiga no provoca 1 crisis psiquiátrica. Además, Arturo, piensa con lógica. Si lo llevas a cualquier hospital del Pedregal y los médicos ven las heridas que él mismo se hizo por estar rascándose, el Ministerio Público te va a acusar de negligencia infantil. ¿Quieres perder tu empresa? ¿Quieres que te metan preso y le den la custodia a los abuelos de Leo?
Arturo bajó la mirada, completamente paralizado. Esa era la táctica maestra de Miranda. Llevaba 3 días repitiéndole que el niño quería arruinar su reputación, que se autolesionaba por celos, que la única salida era el encierro y la sedación.
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