Leo giró el rostro lentamente. Su mirada poseía 1 lucidez aterradora, 1 madurez oscura que ningún niño debería tener.
—Córtame el brazo, nana. Ya no lo quiero. Te prometo por mi mamá que no voy a gritar. Solo quítamelo.
La nana tuvo que llevarse 1 mano a la boca para ahogar 1 sollozo. Sabía perfectamente que ningún berrinche infantil llegaba a esos extremos. 1 niño no pide ser mutilado a menos que el tormento que sufre bajo ese yeso sea infinitamente peor que perder 1 extremidad. El olor dulzón y putrefacto en la habitación era ahora tan intenso que mareaba.
Salió corriendo hacia el despacho principal, donde Arturo sostenía el teléfono con 1 mano y firmaba unos documentos con la otra. Sobre el escritorio de caoba descansaban los papeles de ingreso para 1 exclusiva clínica psiquiátrica en la zona de Santa Fe. Miranda estaba de pie detrás de él, masajeándole los hombros con suavidad, interpretando a la perfección su papel de esposa solidaria.
—Señor, el niño tiene 1 fiebre altísima. El cuarto huele a podrido. Esto no es 1 problema psicológico, es 1 emergencia médica. Tiene que llevarlo a urgencias ahora mismo —exigió Chelo, plantándose frente al escritorio.
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