A las 7 de la mañana del día siguiente, 1 silencio sepulcral reinaba en la habitación de Leo. Ya no había gritos, ni forcejeos, ni llanto. Eso fue exactamente lo que más aterrorizó a Doña Chelo cuando entró con la bandeja del desayuno. Encontró al niño de 10 años mirando fijamente hacia el techo, con los labios resecos y la frente ardiendo en fiebre. Su brazo enyesado descansaba inerte sobre las sábanas, pero los dedos asomaban hinchados, amoratados y temblando con pequeños espasmos. Leo parecía haberse encogido, perdiendo su luz vital.
—Nana… —susurró el niño con 1 hilo de voz, sin apartar la vista del techo—. Ve a la cocina y trae el cuchillo grande. El que usas para el pan.
Chelo dejó caer 1 cuchara sobre la bandeja, creyendo que sus oídos le fallaban. Se inclinó sobre la cama, sintiendo cómo el calor de la fiebre irradiaba del pequeño cuerpo.
—¿Qué locuras dices, mi niño?
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