—¡Mírelo bien, señor Arturo! ¡Mire lo que le estaban haciendo! ¡Y usted iba a mandar a este angelito a 1 manicomio para esconderlo!
El padre no tuvo voz para responder. Movido por la adrenalina pura, tomó a su hijo en brazos cuidando de no tocar la zona infectada y corrió hacia la ducha del baño. Abrió la llave y, bajo el chorro de agua tibia, comenzó a lavar el brazo, viendo cómo el agua se teñía de rojo, miel y decenas de insectos muertos flotando hacia el desagüe.
—Perdóname, mi campeón. Papá fue 1 imbécil. Te juro que vas a estar bien.
Miranda, que había presenciado la dantesca escena desde el marco de la puerta destrozada, dio 1 paso atrás en silencio. Intentó girar para huir por el pasillo y desaparecer, pero los ojos de Chelo la clavaron en su sitio.
—Vaya al cajón de la cocina, señor —gritó la nana por encima del ruido del agua—. El tercer cajón de abajo. Ahí escondió lo que usó.
Dejando a Leo envuelto en 1 toalla limpia, Arturo bajó las escaleras como 1 fiera rabiosa. Segundos después, subió sosteniendo la enorme jeringa culinaria. En la aguja de acero inoxidable aún quedaban costras cristalizadas de miel de agave y azúcar. El silencio que se instaló en la planta alta fue sepulcral, más pesado que la tormenta de afuera.
Miranda levantó las manos, temblando, intentando armar su última mentira.
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