Y entonces, el horror absoluto se materializó. Al separarse las 2 mitades del vendaje rígido, 1 pestilencia a carne necrosada y azúcar fermentada inundó la habitación, provocando que Chelo sintiera arcadas.
La puerta de madera se astilló cuando Arturo la derribó de 1 violenta patada. Entró enfurecido, listo para arrancar a la nana de lado de su hijo, pero se quedó petrificado en el centro del cuarto. El olor nauseabundo lo golpeó como 1 muro de ladrillos. Luego, sus ojos se posaron en el brazo destapado de Leo.
No era 1 alergia. No era 1 irritación por rascarse. La piel del niño, desde la muñeca hasta el codo, era 1 masa sanguinolenta y pegajosa. 1 capa de miel espesa y oscura cubría las heridas supurantes, y sobre ella, cientos de hormigas rojas carnívoras bullían en 1 frenesí aterrador, devorando la carne viva. En las grietas más profundas de las lesiones, docenas de larvas blancas y regordetas se retorcían, alimentándose de la infección y la podredumbre.
Leo nunca mintió. No estaba loco. No quería llamar la atención. Lo estaban comiendo vivo en 1 tortura lenta y calculada, oculta bajo 1 cárcel médica.
Arturo sintió que el mundo daba vueltas. Se llevó 2 manos a la cabeza, cayó de rodillas sobre la alfombra y dejó escapar 1 grito desgarrador que resonó por toda la mansión.
—¡No… no, Dios mío! ¡Hijo mío… perdóname!
Chelo, llorando de furia, pateó 1 de los pedazos del yeso lleno de insectos hacia las rodillas del hombre.
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