El niño procesó la información en silencio, frunciendo el ceño exactamente igual que Mateo.
—¿Por qué no vive con nosotros? ¿Él sabía de mí?
—No, no lo sabía —explicó Elena con honestidad—. Cuando yo supe que venías en camino, él y yo nos separamos. Él decidió irse a hacer su vida, y yo decidí que tú y yo formaríamos la nuestra junto a tu abuela.
—¿Te abandonó? —preguntó Leo, con una agudeza que lastimaba.
—Sí —respondió Elena, sin suavizar la palabra.
Leo no lloró. Se levantó de su silla, rodeó la mesa y abrazó a su madre con una fuerza sorprendente para un niño de 10 años.
—No importa. Nosotros estamos bien. Pero… si él quiere, me gustaría hablar con él una vez. Solo para ver cómo es.
Leave a Comment