Al otro lado de la ciudad, en una modesta pero cálida casa en la colonia Narvarte, Doña Rosa servía tazas de chocolate caliente y preparaba la mesa. Leo dejó su diploma sobre el mantel de flores y miró fijamente a su madre.
—Mamá… ese señor que donó el dinero. Se parece mucho a mí. ¿Él es mi papá?
Elena sintió que el corazón se le oprimía, pero había jurado nunca mentirle. Se sentó frente a él y tomó sus pequeñas manos.
—Sí, Leo. Se llama Mateo. Es tu padre biológico.
Leave a Comment