A los pocos días, Elena permitió un encuentro bajo sus estrictas reglas. Se citaron en una cafetería tradicional en el centro de Coyoacán, lejos del mundo de lujo de Mateo. Cuando él llegó, no llevaba chofer ni asistentes. Llevaba una camisa sencilla y un fólder manila en las manos. Al ver a Leo, los ojos se le llenaron de lágrimas que luchó por contener.
La conversación fue torpe al principio. Mateo no sabía cómo hablar con un niño que era una copia suya, pero que miraba el mundo con la nobleza de su madre. Mateo abrió el fólder. No sacó documentos legales, sino fotografías viejas de cuando él tenía 10 años. Leo las miró fascinado al notar el parecido abismal.
Hablaron de matemáticas, de los problemas del colegio y del amor de Leo por la astronomía. Antes de despedirse, Mateo sacó un último documento y lo empujó hacia Elena.
—Es un fideicomiso educativo —explicó Mateo rápidamente al ver la mirada defensiva de Elena—. No estoy pidiendo derechos, ni cambios de apellido, ni custodia. No tiene condiciones. Solo quiero que su futuro esté asegurado. Es lo único correcto que puedo hacer ahora.
Elena miró el documento y luego a Leo.
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