El silencio en el auditorio se volvió espeso, casi asfixiante. Mateo retiró la mano lentamente, como si el diploma que sostenía de pronto quemara. Sus ojos, habitualmente calculadores, escudriñaban cada centímetro del rostro del niño frente a él. La pequeña cicatriz en la ceja izquierda, la postura firme, la mirada indescifrable.
—¿Cómo… cómo te llamas? —logró articular Mateo, con un hilo de voz que no coincidía con su estatus de magnate.
—Leo Ríos —respondió el niño, con una educación impecable pero distante.
El apellido golpeó a Mateo como un mazo en el pecho. Ríos. El apellido de soltera de la mujer a la que había desechado. Siguiendo un instinto primario, Mateo levantó la vista por encima de los flashes de las cámaras y la multitud de padres, buscando frenéticamente en la primera fila. Sus ojos chocaron con los de Elena. Ella no apartó la mirada. No había rencor en su expresión, ni triunfo, solo la gélida confirmación de una verdad que llevaba 10 años oculta a plena luz del día.
Sin esperar a que el director terminara el protocolo, y sin importarle que la fotografía oficial quedara arruinada, Mateo bajó tambaleándose las escaleras del escenario. Caminó directo hacia Elena, abriéndose paso entre las sillas de plástico y los murmullos que comenzaban a encenderse entre las familias de la alta sociedad capitalina.
—Elena —dijo al llegar frente a ella. Su voz sonaba ronca, rota.
Ella se puso de pie, sosteniendo la correa de su cámara.
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