El lugar vibraba de emoción por la ceremonia de graduación de primaria. El director, temblando de reverencia, tomó el micrófono para anunciar la llegada del mayor patrocinador del colegio. Mateo Castañeda, impecable en un traje hecho a la medida, de porte arrogante y mirada fría, subió al escenario bajo una ovación ensordecedora. Apenas tomó la palabra, anunció una donación de 15 millones de pesos para la institución.
Extasiado, el director llamó al alumno con el mejor promedio de la generación para recibir un reconocimiento especial de manos del millonario. Un niño de 10 años, con el uniforme perfectamente planchado, caminó hacia el centro del escenario.
Mateo preparó su mejor sonrisa de relaciones públicas y le tendió la mano. Pero cuando el niño levantó el rostro para agradecerle, el magnate quedó completamente paralizado.
Frente a él no había un rostro extraño. Estaba viendo su propia nariz afilada. Sus propios ojos oscuros y profundos. Su misma manera de apretar los labios. Debajo del escenario, sosteniendo una cámara fotográfica, Elena sonreía con una calma que cortaba la respiración. Absolutamente nadie en ese auditorio podía imaginar la tormenta que estaba a punto de desatarse…
PARTE 2
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