“Solo la traje por imagen corporativa, ya sabes cómo son de conservadores los altos mandos”, respondió él, sin importarle que Elena escuchara cada sílaba.
Elena sintió el golpe en el pecho, pero su rostro se mantuvo estoico. Durante 12 años de matrimonio, ella había sido el cerebro en la sombra. Había corregido los reportes financieros que Roberto presentaba como propios, había detectado errores fiscales que lo habrían llevado a la cárcel, y había estructurado las proyecciones que lo hicieron ascender. Pero para él y para el mundo, ella solo era “la esposa que ayudaba con las sumas”.
Lo que Roberto en su infinita arrogancia ignoraba, era que Elena tenía una memoria fotográfica. Ella recordaba los números mucho mejor que los insultos. Conocía las 4 cuentas bancarias ocultas. Sabía de los 15 viajes con viáticos inflados a Cancún. Y, sobre todo, conocía la empresa fantasma llamada R&V Consultores. Roberto y Valeria.
De pronto, las pesadas puertas del salón se abrieron de par en par. El bullicio de 300 invitados se apagó en 1 segundo.
Arturo Montenegro entró al recinto. Caminaba sin prisa, irradiando un poder absoluto. Su cabello plateado y su traje hecho a la medida hacían que los demás empresarios parecieran novatos. Roberto, desesperado por figurar, se abrió paso a empujones entre la multitud y corrió hacia el magnate.
“¡Señor Montenegro! Soy Roberto Salazar. Es un verdadero honor—”
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