Él sonrió, satisfecho. Así era como la prefería: callada, dócil, invisible.
Esa noche, la firma financiera para la que Roberto trabajaba celebraba su adquisición por parte de Arturo Montenegro, uno de los magnates más temidos y respetados de todo México. Roberto llevaba 2 semanas ensayando su discurso frente al espejo del baño. “Si el señor Montenegro me nota hoy, la dirección regional es mía”, repetía sin cesar.
El salón deslumbraba. Había candelabros de cristal, meseros ofreciendo copas de champán y mujeres compitiendo en silencio para ver quién llevaba las joyas más caras. Desde su rincón oscuro, Elena observó cómo se acercaba Valeria, la joven asistente de Roberto. Valeria llevaba un vestido plateado y ceñido, y se pegó al brazo de Roberto con una familiaridad que ninguna empleada debería tener con un hombre casado. Le acomodó la solapa del saco con total descaro.
“Roberto, los socios te están esperando”, ronroneó Valeria. Luego, sus ojos se posaron en la esquina oscura y su sonrisa se volvió una mueca. “Ah… veo que también trajiste a tu esposa.”
La palabra “esposa” sonó a burla, a un chiste interno entre amantes. Roberto soltó una carcajada seca.
Leave a Comment