Carmelita dio un paso firme hacia ella.
—Suéltelo, señora. Le está lastimando el bracito.
Bárbara soltó al niño con un empujón que lo hizo tropezar hacia atrás. Diego corrió a esconderse detrás de la falda de Carmelita, aferrándose a la tela como si fuera su única tabla de salvación en un océano de hielo.
Lo que Bárbara ignoraba era que Héctor había cancelado su junta de las 4 en Santa Fe. Un dolor de cabeza terrible lo había obligado a volver temprano. Llevaba 2 minutos parado en el pasillo que conectaba el recibidor con la cocina, petrificado. Había escuchado el estruendo. Había escuchado los gritos. Había escuchado a la mujer que dormía en su cama tratar a su hijo roto como si fuera basura.
Cuando Héctor cruzó el umbral de la cocina, la temperatura de la habitación pareció caer bajo cero.
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