Bárbara palideció. Su cerebro calculó a la velocidad de la luz y, en un parpadeo, transformó su rostro de arpía en el de una víctima desesperada. Un par de lágrimas falsas brotaron de sus ojos.
—¡Héctor, mi amor, qué bueno que llegas! —gimoteó, corriendo hacia él—. ¡Esta mujer es una irresponsable! Encontré a Diego comiendo sobras del piso. Le dije que no podía darle eso al niño y se puso agresiva. Me gritó. Tenemos que sacarla de la casa ya, es un peligro para nuestro hijo.
Héctor no la miró. Sus ojos estaban clavados en Diego, que seguía escondido detrás de la cocinera, con los puños apretados y la cara manchada de harina. El empresario caminó despacio hacia ellos. Carmelita se apartó con suavidad para dejarlo frente a su hijo.
Héctor se arrodilló, ensuciando su traje de diseñador, y tomó los hombros del niño.
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