Al amanecer me vestí con mi camisa azul clara, tomé mis papeles y fui al registro de la propiedad con el abogado.
Ahí firmé la venta de la casa.
No a mis hijos.
No a nadie de la familia.
A un comprador externo, recomendado por el abogado.
Alguien sin interés en quedarse ahí.
Cuando volví al mediodía, mis hijos estaban en la sala. Los miré sin apuro.
—La casa ya no es mía —les dije—. La vendí. En unas semanas deberán buscar dónde vivir.
Sus caras se quedaron sin sangre.
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