—¿Cómo pudiste? —gritó el menor.
—Dedicándoles toda mi vida, y recibiendo insultos a cambio —respondí.
Dejé las llaves sobre la mesa, junto al sobre vacío, y añadí:
—Prefiero dormir bajo un árbol que vivir en un lugar donde ya no se me respeta.

Tomé mi sombrero, abrí la puerta y salí sin mirar atrás.
Ese día terminó una historia… y empezó otra.
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