Pensé que las cosas se calmarían, pero pasó lo contrario.
Una noche escuché golpes en la puerta. Cuando salí al pasillo, mis dos hijos mayores habían roto el candado y entraban diciendo:
—Esta casa es de todos. No puedes seguir encerrándonos.
Los miré con una calma que no esperaba tener a mis años.
—¿De todos… o mía? —pregunté.
Ninguno respondió.
Solo se quedaron ahí, tensos, sin saber qué hacer.
Esa misma noche, mientras cerraba mi cuarto por dentro, lo decidí todo.
Leave a Comment