Javier abrió la boca.
—¿De qué estás hablando?
Lo miré.
—De los treinta golpes.
Su rostro se congeló.
Algunos invitados se miraron entre sí.
—¿Treinta…?
—Los conté.
Nadie se movía.
—Uno… dos… tres…
La sangre había empezado a caer en mi labio en el número diez.
—Cuando llegaste al treinta… —continué— entendí algo.
Javier estaba completamente pálido.
—¿Qué?
—Que ya no tenía hijo.
Sofía retrocedió un paso.
Leave a Comment