—Porque esta mañana, mientras tú estabas en la oficina jugando a ser un gran empresario…
hice una llamada.
Firmé los papeles.
Y recibí la transferencia.
Tres millones ochocientos mil euros.
El salón estaba tan silencioso que se podía oír el viento golpeando las ventanas.
Javier respiraba fuerte.
—Esto es una locura.
—No.
—¡Es mi casa!
—No lo es.
Sofía miraba el documento como si fuera veneno.
—¿Por qué harías algo así?
La miré.
—Porque un hijo que levanta la mano contra su padre… no merece vivir en una casa construida por ese padre.
El silencio se volvió aún más pesado.
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